El lado bueno de las cosas

Doctor, doctor, doctor, doctor… ¿cuántos doctores hay en este planeta?
                  (Kevin Spacey en K-Pax)

El hombre civilizado es un monstruo que ha desarrollado
hasta el absurdo esa facultad que tenemos de derivar
los pensamientos de nuestros actos, en vez de identificar
nuestros actos con nuestros pensamientos. 
                   (Antonin Artaud)

el lado bueno1¿Qué es normal? Ya el viejo Freud fruncía el ceño ante esta palabra que ha dado lugar a tantos equívocos y aberraciones históricas, científicas, literarias, éticas y morales. Desde siglos atrás se ha venido torturando y persiguiendo a los que hasta hace bien poco se les motejaba de locos, trémula carne de pedrada vagando por los rincones de las ciudades ciegas, temerosas sombras cuyo bulto en la noche semejaba animales heridos en una cruenta cacería, incluso han sido pasto de las llamas en orgiásticas hogueras inquisitoriales. Empero, la mayoría de las veces, el mal llamado enfermo mental ha resultado ser alguien que difiere de los estrechos y arbitrarios patrones sociales, y al que la sociedad ha intentado normalizar empastillándolo, electrocutándolo o mutilándolo. Escribe a este propósito Antonin Artaud: La medicina pervertida miente cada vez que muestra a un enfermo curado por las introversiones eléctricas de su método, yo solo he visto a los aterrorizados del sistema, imposibilitados de reencontrar su yo. El que ha sido sometido al electroshock, no sale más de sus tinieblas.  Y si los medios de dominación, en el sentido de Foucault, no han dado resultado, lo quitan de la circulación como a un fardo inservible, encerrándolo u oscureciéndolo. En todo caso, lo han discriminado hasta el presente.

Sin embargo, lo que se desconoce es que estas criaturas solo buscan en el venero del día un poco de agua pura, y aspiran a vivir en paz: ésas son sus nobles ambiciones. En todo caso, El lado bueno5la mayoría de las veces solo reclaman el derecho a disponer de su angustia. En su hacer, en su entender, en su discurrir, son simplemente distintos, ¿tanto trabajo cuesta asumir esta aplastante verdad? Se trata de recibir e integrar la diversidad tal como es, de respetarla en su hermosa singularidad. Que su vecino se pinta el pelo de verde, y hay corrillos en los pasillos del bloque, y esconden a las niñas y a los niños detrás de gruesas puertas, y recogen firmas para expulsar al extraño… Se están perdiendo ustedes a Baudelaire en su comunidad, mientras viajan confiados en el ascensor con esa persona distinguida que esconde a un auténtico violador o a un asesino en serie (el carnicero de Rostov era un maestro de escuela, educado y amable con los vecinos, formalmente casado). O si frente a su casa reside otro que aúlla como un lobo herido detrás de unas gafas oscuras, porque se le ha desgarrado hasta tal extremo el corazón, que se niega a ver cómo transcurre la homologada basura de la lógica mundana, y se encierra en su íntimo universo construido en K-Pax, ¿a usted qué? (¹ y ²)

Antonin Artaud ha representado un caso dolorosamente amargo en la depravada historia de la locura. Este genio le dio la vuelta a los efectos y a las causas de la enfermedad mental: si no El lado bueno4hubieran aparecido los médicos, no hubieran existido los enfermos. Fue sometido a una sádica carnicería en los psiquiátricos franceses hasta que lo quebrantaron en cuerpo y alma. La causa oficial de su muerte fue debida a un cáncer de recto terminal, pero la realidad es que obedeció al exceso de electroshock, que, además de ocasionarle la rotura de una vértebra y la caída de varios dientes, acabó con su vida. El pobre Artaud tuvo siempre una premonición de cuál sería su apuesta en los momentos decisivos, respondiendo a la pregunta ¿Qué se entiende por Auténtico Alienado?, con esta respuesta contundente: Es un Hombre que prefiere volverse loco antes que traicionar una idea superior del honor humano. Su amor por el arte y su desprecio de la mediocridad fue una constante en su obra y en su vida. Esa fidelidad la llevó hasta sus últimas consecuencias, cuando escribió estas palabras inquietantes: En el alienado hay un genio incomprendido que cobija en la mente una idea que produce pavor, y que sólo puede encontrar en el delirio un escape a las opresiones que le prepara la vida. Tanto es así que en la ficha del psiquiátrico donde estaba internado, constaba el apunte: este hombre se dice poeta; apreciación que pareció lo suficientemente importante, a ojos de sus carceleros, para señalarlo como determinante de su locura. Es el precio que a veces hay que pagar por la desviación de la norma.

Desde los años 50 hasta el presente, se ha tenido al cerebro como el conejillo de indias de la industria farmacéutica. Neurolépticos, tricíclicos, IMAO, y últimamente ISRS, IRSN, han destrozado la virginidad de territorios hasta entonces sagrados por su intrincada dificultad. Incursiones serotoninérgicas, dopaminérgicas y noradrenérgicas mil, en manos de estos insensatos Indiana Jones de la pseudociencia: tecnología punta para enriquecer a la insaciable industria farmacéutica.  Primeras y segundas generaciones de infames ensayos para saquear al  ser humano. Basta echar un vistazo a la actualidad, para comprobar que sigue habiendo más locos que nunca.

Pero, ¿qué lugar ocupan en esta cueva de Alí Babá la solidariel lado bueno3dad, la empatía, el respeto, el amor? A medida que se profundiza más en la investigación del cerebro humano, y se iluminan las zonas recónditas del mapa de sus respuestas cognitivas, volitivas y afectivas, se está demostrando lo poco que sabemos de él. Sin embargo, está resultando cada vez más evidente que los milagrosos remedios contra la locura son producto de un tanteo a ciegas, a veces ni siquiera sometido a una verdadera replicación, prolongada en el tiempo, como exige cualquier producto científico que ponga en peligro la salud del ciudadano. Esta cáfila de alquimistas chapuceros está olvidando que la mente no enferma, ¿cómo habría de hacerlo algo que no existe? Es más, ¿acaso alguna vez han comprendido la espontánea explosión de creatividad que significa un ser humano desplegando todas sus potencialidades? Volvamos a Antonin Artaud: La lucidez de Van Gogh, deja a la psiquiatría reducida a un tugurio de gorilas, obcecados y perseguidos, que sólo tienen como recurso para atenuar los más terribles estados de angustia y opresión humana, una ridícula terminología.

Sin embargo, estos prejuicios han arraigado fuertemente en la sociedad. El loco sigue siendo un apestado. Sí, no se rasguen las vestiduras. Cualquiera que tuviera la oportunidad, consideraría un honor sentarse al lado de Rajoy, Rivera o Pedro Sánchez, incluso almorzarían con ellos y exhibirían orgullosos a sus amistades los selfies conmemorativos de tan excepcional evento. Por el contrario, cambiarían de acera cuando se encontraran de frente con alguien que hubiera volado sobre el nido del cuco, o se hubiera empeñado en buscar infatigable y afanosamente, durante toda su vida, El lado bueno2el lado bueno de las cosas. Paradójicamente, los primeros son los responsables de que su sanidad, sus escuelas, sus viejos, sus parados, sus maltratadas, sus locos, en fin, se desangren en una sociedad que desubica y saquea a los más desfavorecidos; sin embargo, entre los segundos, se hallan los seres más generosos de la tierra. Elijan, aún están a tiempo.

Antonio Frías

(¹) https://www.youtube.com/watch?v=GX_JpN0Q5Qw

(²) https://www.youtube.com/watch?v=Yf_079uD_L4

Alcahuetas

A mi madre

ComadresLa culona, la pinguitos, la suave, la de los cabezones, el lechero, la Pepa, la del guardia, la orgullosa…  Se cebaban en una persona, entraban en ella como por su casa, manchaban el delantal de su reputación y destrozaban la cristalería de su personalidad. La reducían a habitar un gueto  cruel e insufrible… ¡En un barrio asaz soleado y rodeado de tanta y tan ubérrima huerta, mira por dónde los nubarrones no nos venían del cielo! Las lágrimas caían solitarias en un rincón de aquellas cocinas ocres, junto a la tiznada chimenea, entre penurias, soplillos y humildes fogones. Y si el niño abandonaba, por un momento, su aventura por los arriates, donde crecían la parra y el melocotonero, ante el ruido persistente de la afligida lluvia, y se asomaba a aquellos ojos que se marchitaban sobre una boca arrugada y temblorosa, solo veía la infinita soledad ahogada en tristeza, formulando esa pregunta a la que nadie ha respondido hasta hoy, ¿por qué? No me lo han contado, lo he sufrido desde un lugar dolorosamente privilegiado.

Un gallego afincado en Córdoba, cuñado de Álvaro Salvador, el poeta granaíno de la Otra sentimentalidad, me contaba, sorprendido, el contraste proustiano entre dos impresiones sobre los cordobeses. Refería que la primera vez que llegó a nuestra ciudad, le pareció que las casas de aquellos que le iban presentando estaban abiertas las veinticuatro horas al forastero. Sin embargo, me confesaba que, pasado un tiempo, esa impronta fue cediendo su lugar, paulatinamente, a otra sensación más real, donde las fronteras de la confianza estaban férreamente establecidas de puertas para comadres5fuera. En el interior –decía- parecía reinar una intimidad casi sagrada, que difícilmente se prestaba al manoseo social.
Del mismo modo, un barrio tan significativo como Cañero, señero en tantos aspectos, se presta a que, detrás del impacto que nos produce su deslumbrante leyenda, se oculte el acopio de sus vergüenzas. Esta verdad no sustrae nada a su grandeza, pero hace justicia a la pobre gente que padeció la insidia de otra gente que deslustraba el lugar donde convivía. Sé que se han compuesto incontables y encendidas odas –las más de las veces de oído- a algo tan escurridizo como es la solidaridad entre vecinos, que, aunque minoritaria, la había, pero abundaban ejemplos de lo contrario, o al menos hacían más ruido.

Corrillos despreciables de garrapatas sociales, que no otra cosa representaban, y que hemos convenido en llamar alcahuetas, se entretenían en hacer ganchillo con la reputación de cualquiera que destacara o, simplemente, por su singularidad difiriera del resto. Le comadres2cortaban un traje al más pintado, o le hacían el hueco a una humilde mujer, negándole el saludo y hasta su carta de naturaleza como vecina, por el mero hecho de ser más pobre, mocita vieja, menos agraciada, más atractiva que el común, o carecer de ese bálsamo de Fierabrás que, en psicología, se designa con el ambicioso eufemismo de habilidades sociales. Cualquier motivo, fruto de la arbitrariedad o de la envidia, era suficiente para arrojar a la desgraciada a la hoguera. ¡Y tente con ellas, despellejaban a la víctima hasta dejarla en los huesos! La calle ya tenía su chivo expiatorio. El hazmerreír de la verdulería rampante. La involuntaria hereje tenía dos salidas: mudarse de barrio o enfrentarse al desprecio y la maledicencia con la entereza de una Juana de Arco, y con un desprecio irreductible si quería sobrevivir a este coro de despiadadas harpías.

Esto pasaba en mi barrio cuando dejaba de ser, aun penetrado de elegías de fango, aquella castalia luminosa y encantada, aquel paraíso donde, entre el aire limpio, se desperezaba mi infancia, y pasaba a convertirse en un poblachón herrumbroso, apartado, oscuro, cerrado, mediocre. Aún hoy perduran esas actitudes catetas, insanas, vestidas de odio tribal y embriagadas de resentimiento. Ni lo entendí, ni lo entiendo, porque, ¿qué bestia parda se cree tan importante como para despreciar a otro ser humano? No sé si la culona, la pinguitos, la suave, la de los cabezones, la Pepa, la del guardia, la orgullosa, u otras de su especie, viven o han muerto en paz, pero lo que sí puedo afirmar es que tienen sucesoras. comadresAhí están, tiesas y soberbias, navegadas de prejuicios, indiferentes al dolor y a las consecuencias de sus maledicencias, como si nunca hubieran de cruzar las negras aguas del Aqueronte, y no tuviesen que pagar, como todos, su último tributo al democrático Caronte.

Antonio Frías

Encuentro con un amigo

A un amigoSe trata de RA, que viene distraído, a lo lejos, en la sombra, casi a punto de cruzar la calzada. Hubo un tiempo en que juntos levantamos los adoquines para buscar bajo su grasiento peso la arena libre de la playa. ¡Eh, hola, RA!, ¿cómo estás? Las palomas yacían degolladas en los alrededores de la Sorbona. Y sin darme tiempo a reaccionar, me dice: me esperan en casa. No me molesto, pero, de inmediato, sale en mí el escudriñador, ¿en casa? ¿En qué casa? La música insurgente cogió de la mano a la poesía rebelde y se fueron caminando por las alfombras populares de las plazas. RA es escritor, debería hacer un uso más preciso del lenguaje. ¿En casa? Está como adormilado, ¿tal vez enfermo? Pero, en todo caso, la casa de… ¿Es su casa la meta o está provisional y misericordiosamente acogido en casa de…? ¿O lo esperan en otra casa misteriosa, poética, institucional, de cuyo conocimiento no ha tenido noticia sino hasta momentos antes de toparse conmigo? ¿Quizás en la Academia? ¿Lo habrán elegido miembro numerario en el transcurso de estos quince años que no nos vemos? Los escenarios estaban tapiados por los atroces ataúdes  del dictador. Sin más armas que la palabra fuimos arrancando clavos para dejar espacio a la luz. La cuestión es que, ahora sí, me siento desconcertado. Reacciono, y me digo indignado: RA, ¿de qué vas? No obstante le respondo sosegadamente: no te preocupes, yo también tengo prisa. Me dirijo a casa de…, y se me hace tarde. ¿Tarde? ¿Cómo he podido caer en la misma locura? Soy presa de este ridículo absurdo que convierte en extraños a dos viejos amigos. Son las diez de la mañana; a estas horas ni siquiera es tarde en Groenlandia. Nuestra voz se escuchó en la noche con una honda fidelidad a sus gargantas. Y lo miro a los ojos en silencio. Con ello he querido decir: no voy a pedirte nada, nunca te lo Una imagen conmovedorahe pedido, ni voy a visitarte después de una de mis múltiples subidas al Walhalla sin ascensor; ni te voy a comer la oreja apelando a tu presunta condición de progre para pedirte una pequeña parte de aquello que dices estás dispuesto a dar por la Humanidad. No faltaba más. Este presente nos debe, al menos, una mirada sin odio, un remanso donde poder descansar de tantas alambradas. No necesito tu afecto, si acaso tú has recibo el mío: mi solidaridad en pública y arriesgada defensa, bien es cierto que sin tú pedírmelo, pero lo he hecho. ¿Qué te has creído? Solo he saludado a un amigo al que no he visto en mucho tiempo, y se me ha movido el curso sigiloso del corazón empapado de alegría. Si la bala me da, si mi vida se va, bajadme, sin más, a la tierra. Nuestros violines enlutados perseguían los sueños de los comisarios. No te preocupes, hombre, sigue tu camino. Las violetas se marchitan cuando las muerde el rocío camino de noviembre. Decidme, compañeros, ¿qué nos queda? Y el bronce se erguía, como una maza, contra los muros del silencio. Entonces, RA, parece que me ha escuchado, y cuando se aleja unos pasos, se vuelve y me dice, tal vez compasivamente: ¿Tú cómo estás? Y ya, a lo lejos, casi inaudible, supongo, para él, le respondo: bien, hombre, bien,  ¿no me ves? Asómate, asómate a la fuente, tal vez un día despiertes. Y cada uno sigue su camino por su lado, buscando, probablemente, los extremos más opuestos de la ciudad.

Antonio Frías

La infancia imposible

Nuestra condena del genocidio sionista tiene que ser tajante, sin fisuras, valiente y decidida, para que despierte esta sociedad timorata y desinformada. Para calmar la mala conciencia burguesa de Occidente, se está echando mucha basura en las espaldas de los pueblos acosados por la opresión, el saqueo, la guerra y la muerte. Se están poniendo infames etiquetas de espanto sobre aquellos que nos miran con ojos desolados. Así, sembrado el prejuicio, se justifican los éxodos crueles y masivos de los refugiados, o la ocupación, expolio y cacería indiscriminada del ser humano, en los territorios palestinos, por poner dos casos que nos manchan de cerca el núcleo del corazón.

Condena genocidio sionistaLos agentes de El Mossad se encargan del resto: infestan las redes sociales con calumnias, tergiversan la historia, y hacen recaer la culpa del terror en los que lo sufren. Pero los palestinos no son terroristas, ni los refugiados son fanáticos infiltrados del ISIS, ni la izquierda combativa, unida en un deseado y deseable frente popular, va a implantar el estalinismo en España. Estas informaciones provienen del miedo y de intereses inconfesables ajenos a la verdad.

Las víctimas más desgarradoras de estas incursiones de la bestias contra la Humanidad, son los más pequeños. En el caso de Palestina, no solo están siendo masacrados sin piedad, sino que, antes de robarles la vida, los exterminadores les han robado su infancia. En el poema que sigue digo alguna de estas cosas.

El niño Saqer al-Aramen

 Ayudadme a ser hombre: no me dejéis ser fiera
 hambrienta, encarnizada, sitiada eternamente.”
                (Miguel Hernández)

El majestuoso niño está tejido de momentos
tan vaporosos como filigrana de vidrio,
 
copos de luz que saltan en la aurora,
instantes en que la madre lo acuna, y lo dora,
 
y lo sube a un cielo de espuma rosa
 
donde los labios vuelan el aroma del mundo.
Va sucedido, como vagoncitos de feria,
el niño detrás del niño, en segmentos
fugaces como rayos,
repicando con toda la sangre en su alfabeto,
dando en su pecho núbil cobijo a la alegría.
 
Leve promesa, casi ingrávido peso ufano,
 
quiso poner palomas al tormento,
cumplir con su promesa de niño repetido,
salir como un jilguero del buitre y de la zorra.
Pero el niño, así inerme, es como una nieve mínima
tendida en el desierto.
Llegaron los viajeros de la noche y los fríos,
 
y aplicaron su acero en las escápulas vírgenes.
 
Desde entonces la pluma transcurrió para nada,
y fue el niño albatros abandonado
en manos de marineros sin alma.
No pudo subir hasta donde crece el muchacho
sin dejar de jugar,
no pudo dar sentido a su promesa
 
de ligeros navíos y rubios cereales,
porque arrancaron al niño del niño
 
y le pusieron cárceles y miedo,
y pantalones de hombre, y pañuelos de sangre.
Cuando lo buscó la luz con sus plumas abiertas,
el niño ya no estaba
y dentro de su risa halló un cadáver desnudo

Antonio Frías

Chuches II: el efecto Pigmalión

Pensé mutilarme ambas manos, desmantelarme
yo mismo mis dos manos, y asentarlas
sobre la losa de una iglesia en ruinas:
así orarían por los desolados.
         (Blas de Otero) 

ChuchesHoy no tengo un cuento que ofrecer a las jaurías desde la arena del Coliseo. Hoy la vida me ha dado en el mismo centro del esternón hasta abrírmelo en canal. Hoy, los aceros enconados de la ira, me han arrojado sus muertos y tullidos sociales gritando ¡Justicia! Hoy la vida me ha dicho desgañitándose: ¡Basta ya! Y es que para precisar el calado de los crímenes de lesa humanidad que los gobernantes de este país cometen contra sus ciudadanos más desfavorecidos, hay que recurrir, aunque incomode, a la ciencia. El camino empieza en las rocas del infierno, en cuya fragua se forja la cuna de los desheredados. Porque es desde el nasciturus que la pobreza y la marginación arrastran las cadenas que conformarán al futuro ser humano: Hay evidencia consolidada de lo nocivo que es para el niño romper su equilibrio biológico en sus tres primeros años; pero, dentro de este período, la fase más crucial se halla en el desarrollo del feto, y cualquier entorpecimiento de los procesos químicos y físicos puede resultar fatal para el futuro bebé.

Esto es de una seriedad alarmante, porque una vez iniciado el descenso hacia los cuchillos del horror, ya no hay vuelta atrás: las carencias que se interfieren en las etapas del desarrollo, se tornan en daños irreversibles. El cuidado y la atención de nuestra infancia no pueden esperar a que el próximo gobierno se encuentre de mejor humor, o a contar con unas cortes más empáticas y dicharacheras. Además, la cuestión se agrava, si se tiene en cuenta que este celo es empresa imposible si no comprende a la familia en su globalidad; lo que equivale a decir a toda la ciudadanía. En este sentido, se ha demostrado empíricamente que la desnutrición de la madre tiene efectos que pueden durar varias generaciones, pues el tamaño del bebé, fundamentalmente si es niña, determinará la futura descendencia, aunque su alimentación se haya equilibrado con los años, dada su interdependencia con el tamaño del útero. Esto explica no solo el germen, sino el mantenimiento de las desigualdades sociales ad infinitum. Si han escuchado ustedes de sus padres la lapidaria frase siempre habrá ricos y pobres, deténganse aquí y no sigan buscando.

Chuches compuestaUnos buenos cuidados y una alimentación adecuada, son esenciales para el desarrollo de un niño sano. Todas las células corporales, con especial atención a las musculares y a las nerviosas, sufren bajas importantes con estas carencias. De estas últimas dependen las sinapsis neuronales y la evolución apropiada de un encéfalo que aspira a desplegar todo su potencial para transitar una vida digna. Si bien el cerebro humano presenta al nacer el 25% del peso que alcanzará en la edad adulta, ya en sus tres primeros años, el número de neuronas e interconexiones alcanzará las cotas más altas que tendrá en toda su vida, permitiéndose el lujo, incluso, de disminuir posteriormente su población en función de la eliminación selectiva de sinapsis redundantes.

Siendo esencial la vertiente biológica del crecimiento, no lo es menos que, a partir de los tres años, continúan las fases más visibles del desarrollo psicológico, mediante el aprendizaje, la educación y la interacción social, sin las que un niño nunca llegaría a culminar con éxito el hermoso proceso de convertirse en persona, según lo concibe Carl Rogers. Estas fases se asientan en un desarrollo biológico adecuado en el período inmediatamente anterior, porque, sin él, el ser humano no podría aprender nada, ni interactuaría con nadie, ni desplegaría todas sus aptitudes latentes en una atmósfera de plena armonía y libertad.

Chuches6Pero con estos dogales enconados con que nos ahogan las hienas que nos gobiernan, y prisioneros en el tártaro infame de este país de mangantes y chapuceros, la esperanza se marchita como un bosque arrasado por el fuego. Entre los pobres pobres y los pobres sobrevenidos, el patio está que pega tiros. Según estudios recientes, los ciudadanos de menor posición socioeconómica enferman más que los de posición socioeconómica más alta. Los procesos de exclusión social son causa de estrés, activación fisiológica, ansiedad, baja autoestima, sentimientos de falta de control, fatalismo, tristeza y, en general, de una salud pobre tanto física como psíquica. Ello aumenta alarmantemente el índice de suicidios, la desestructuración familiar, el fracaso y abandono escolar, la criminalidad endémica, la promiscuidad endogámica, la explotación y abuso de menores, los trastornos psicológicos, o la muerte prematura, de una larga lista de catastróficas desgracias.

Empero, a pesar de lo inquietante de estos fatales desenlaces, ahí están nuestros políticos tan ufanos, enmarañados en eternos planes para mañana, engordando con profusión a la insaciable burra de Ocnos, como si tuvieran todo el tiempo del mundo para atajar estas tropelías. Mas la tragedia y la muerte suceden hoy, y a nadie parecen importar, dado el número de niños que diariamente caen bajo la guillotina de la indiferencia secular. No obstante, siga, siga, con su loro particular, ciudadano honorable, por mí no se moleste. Continúe, como Penélope, en ese empeño de tejer y destejer su indignación impostada. Usted a la suyo, cinodonte hipócrita, porque por mi parte yo ya no sé de qué manera decirlo: ¿me desgarro las manos hasta dejarlas abatidas, como decía Blas de Otero, y me crucifico por el corazón abierto delante del parlamento, malditos chupacabras, disfémicos hijos de puta, irredentos clientes del pesebre paleopatrio? ¿Qué hacer para que se os caiga la venda de esa ceguera infame que os impide ver la desgracia? ¿Hasta dónde llegará ese terror desmesurado que aflige a los inocentes? ¿Contra qué escollera parará vuestro desprecio por la Humanidad?

La guadaña de vuestro egoísmo ha arrasado la mies popular al pie de vuestras fortalezas infames. Habéis malogrado la cosecha de mil generaciones, negándole la luz de la igualdad a las prometedoras semillas. ¡Yo os maldigo, ruines mercaderes! ¿Qué hacéis, mientras tanto, ante el saqueo impune y el desprecio secular de la justicia? ¿Qué rebelión proponéis contra los verdugos que nos torturan cuando deberían protegernos? Y de estas ácidas preguntas no libro a nadie. Porque hay medidas que se pueden poner en marcha desde este momento. Ayer ya es tarde.

Por ejemplo, hay que empezar a educar en la igualdad de oportunidades desde laChuches3 enseñanza integrada en una colectividad solidaria. Se ha demostrado, mediante pruebas estructuradas científicamente, que la efectividad de los programas educativos depende, en términos positivos, de factores ajenos y complementarios a la capacidad intelectual natural del alumno (lo que se ha dado en llamar inteligencia fluida). Traducido a términos prácticos, significa que tan importantes son la alimentación, el apego seguro y el afecto familiar, las condiciones de habitabilidad y ocio en que se desenvuelven, o la seguridad de los niños, como esa cosa mercantilista que se ha dado en llamar coeficiente intelectual. ¡Dad protección, cariño y buena alimentación material y espiritual a nuestra infancia, y ya veremos! ¡Pero dadla hoy, perversos diletantes!

Los resultados de la entrega y el amor bajo el amparo de la justicia y la igualdad son conmovedores. En las pruebas que he citado, se dispuso una serie de instrumentos de medición psicológica, en orden a tabular la capacidad cognitiva de un grupo de alumnos de primeros cursos de ESO. Se partía de la siguiente hipótesis alternativa: si bien es cierto que un mayor nivel de inteligencia determina un éxito mayor en los estudios, si manipulamos los datos obtenidos ¿es posible alterar este convencionalismo académico? De este modo, a los alumnos peor clasificados en la escala, se les dijo que habían obtenido  mejores resultados que sus compañeros. Estos colegiales mediocres llegaron a triunfar plenamente en los estudios superiores, con un rendimiento por encima de la media, gracias a la sensibilidad y magnánima visión de un profesorado que modeló su autoestima y los protegió del fracaso. Este fenómeno se conoce como el efecto Pigmalión.

Por el contrario, esa aspiración poblada de esperanza, tiene su reverso en lo que se ha venido en llamar la profecía autocumplida, que es mucho más común en nuestra sociedad y centros de enseñanza, aunque se quiera negar por tirios y troyanos. En este orden se enmarcan los estereotipos: se cree, erróneamente, que las mujeres tienen menos habilidad matemática que los hombres; que los negros poseen menos inteligencia que los blancos, pero que éstos son superados por los primeros en el ámbito deportivo. Esto hace que en todas las áreas que se han descrito, los sujetos afectados por el sesgo rindan menos.  En otras palabras, si crees que eres torpe, terminarás siéndolo. Si eres gordo, no triunfarás nunca. Los pobres no podemos llegar a ningún sitio. A los menos capacitados no se les escucha. Los que sufren un trastorno mental son meros estorbos que incomodan a la sociedad… Así hasta el absurdo.

Chuches compuesta1Del mismo modo, sobre estos niños olvidados de la fortuna, acribillados por la penuria y la marginación, penderá toda su vida la inseguridad de no haber tenido lo que otros chiquillos han manejado con creces, y, en consecuencia, no harán frente a los desafíos de la vida con la tensión, autoestima, preparación y fortaleza que necesitan para vivir dignamente. Y lo peor es que este fracaso lo heredarán sus hijos, y los hijos de sus hijos, terminando todos condenados a servir de bestias de carga a los privilegiados, sin que los que tienen que hacerlo se empleen en remover el sangrante equívoco histórico y personal que los aplasta.

Y es aquí donde tenemos que poner el foco y tocar el silbato de la penalización contra nuestras instituciones. Los centros de enseñanza tendrían que ser verdaderas fábricas de empatía y felicidad. Por el contrario, en nuestros colegios e institutos se siguen produciendo estas oscuridades que, a veces, desembocan en el bullying, que tanto dolor está causando, incluido el suicidio de algunos menores afectados, cuando no, ese secular malentendido sobre sí mismo y la sociedad que los contiene y margina, y llega a convertirlos en ejecutores de masacres sin sentido, como la protagonizada por el infausto joven atacante de Munich.

Es cierto que se han adornado los frontispicios de estos centros con monigotes que pretenden representar la igualdad, y que se han empapelado sus paredes con un ingenuo parloteo sobre la justicia social, tan propio de los adultos infantiles, que diría Freud. Pero, ¿qué es eso de implicar a la comunidad en la educación? ¿Quiénes eran Vigotsky, Luria, Bruner, Gardner, Deanna Kuhn? ¿De qué planeta ha venido esa nave llamada inteligencia emocional?  Aquí, por lo visto, el personal responsable está de vacaciones. No se ha atacado el problema en su raíz. En este asunto se miente más que en ningún otro: se engordan artificialmente las cifras de integración social y éxito académico; se manipulan los datos estadísticos: se dulcifican los avances pedagógicos; pero la verdad es que nuestros alumnos están a merced de cualquier barbaridad, fruto de  un sistema impotente e injusto. A los hechos me remito.

Chuches1A ese dolor me refiero cuando demando el concurso de todos para actuar contra la desigualdad social ­­­­y responder con urgencia a las necesidades de estos niños quebrados por la tempestad de la injusticia. Mi denuncia comprende una propuesta verdaderamente revolucionaria: hay que comprometerse uno a uno con los damnificados por este sistema cruel que, como Saturno, devora a sus hijos. Hay que reivindicar la vida frente a los mercaderes de la muerte, sencillamente negándose a jugar su juego. Ya no valen los discursos empolvados de progreso. Aunque duela por el lado de la comodidad y el miedo, hay que abandonar los parlamentos y tomar las calles hasta expulsar a los responsables de las instituciones y devolverlas al pueblo. Llevamos treinta y ocho años esperando a Godot en las urnas, pero el cadáver, ¡ay!, sigue muriendo. Los criminales no merecen estar en el parlamento de este país, sino ser juzgados ante la Corte Penal Internacional por delitos de lesa humanidad contra la ciudadanía inerme. Han matado la esperanza de nuestros niños. ¿Comprenden ahora mi mal humor, incautos habitantes del día de la marmota?

Antonio Frías

Las adicciones y el Mito de la Caverna

Mito de la cavernaPlatón describe en el Mito de la Caverna a un grupo de hombres, prisioneros desde su nacimiento por cadenas, inmovilizados de tal forma que únicamente pueden ver la pared del fondo de la cueva. Detrás de ellos, se encuentra un muro con un pasillo y, seguidamente, una hoguera y la entrada que da al exterior. Por el pasillo del muro circulan hombres que hablan y portan todo tipo de objetos sobre sus cabezas, cuyas sombras, gracias a la iluminación de la hoguera, se proyectan en la única pared que los encadenados pueden ver. En esta situación los prisioneros creen que las sombras que ven y el eco de las voces que oyen son la realidad, ya que no pueden conocer nada de lo que sucede a sus espaldas.

Así actúan las adicciones sobre el enfermo, nublando su mente y confinándolo en un territorio de fantasmas donde ejerce de rey destronado. El prolongado vasallaje a los objetos de su dependencia, ha alterado de tal modo su entendimiento y su voluntad, que lo condena a vivir encadenado en la profunda caverna de la mentira. Pero él lo ignora y no sólo se cree libre, sino el absoluto poseedor de la razón: son los demás los que se equivocan. La culpa siMito de la caverna3empre es de los otros. Es en esta negación absurda de la realidad, deformada por el cristal de la adicción, donde encuentra su refugio. Su caverna es su coartada, y allí se esconde para no mirarse en el espejo donde se refleja su desolación.
Cuando decimos que la ludopatía y el alcoholismo son trastornos graves; que la adicción a la cocaína, al cannabis y a otros géneros y subgéneros de sustancias nocivas, representan la ruina del ser humano que ha caído atrapado en sus redes, y la desesperación, cuando no desestructuración, de su familia, sabemos lo que afirmamos. Aquí nos jugamos la vida la sociedad entera, porque es ésta la que se desangra en estos dolorosos dramas clandestinos, y la vida no se puede dejar para mañana. Sin embargo, se da el caso de que, aun viéndolo todo perdido, el adicto difiere, increíblemente, su solución para un momento posterior. Se trata de ganar tiempo. ¿Tiempo? ¿A la muerte, a la cárcel, a la soledad? Así, por ejemplo, sucede cuando la esposa (o el esposo), los padres o los hermanos, agotadas todas las oportunidades, le dan un ultimátum: “o te pones en tratamiento o nos pierdes”, y contesta el prisionero de la caverna: “después del fin de semana… el lunes me quito, lo juro”. A lo que yo suelo añadir, “el lunes lo has perdido todo, ¡idiota!”.

Esta peculiaridad, que singulariza esta enfermedad y la distingue social y culturalmente de las demás, es la que determina la necesidad de un trato especial, más entrañable y cercano, más exquisito. De este modo, la única forma de salir de este círculo vicioso de compulsión y mentira, es el tratamiento en el lugar adecuado. Hasta ahora son las ONGs sin ánimo de lucro, con todas sus limitaciones y servidumbres, enMito de la caverna2 su condición de centros autogestionados por los propios enfermos, las que se han mostrado más eficaces en este largo ejercicio solidario de la rehabilitación (a mí me gusta más liberación).
No cabe duda que, para servir a estos fines, las ONGs deben ser transparentes, democráticas y no tener otra meta que ayudar en su desesperación a los sufrientes que se han puesto en sus manos. Pero esto es algo que está muy lejos de suceder, por lo que es urgente un control independiente de la Administración, y separar de su gestión a los que las dirigen con fines espurios, procurando su solo provecho: técnicos y cargos representativos que las han esquilmado sin miramientos. Insisto en la necesidad de “control independiente” porque, a veces, el color político de los que las manipulan coincide con los del partido que gobierna la comunidad autónoma, y protege a estos sinvergüenzas, con una patente de corso inadmisible, para que hagan de su capa un sayo. Esto es así y rebasa todos los límites de la prevaricación y el clientelismo. Conozco casos que ofenden la dignidad humana por el trato degradante dispensado, por estos cuatro desalmados, a enfermos que han puesto en cuestión la arbitrariedad de sus decisiones y no encajan en sus planes.

Sin embargo, salvados los casos donde se da este trato aberrante contra la libertad y la seguridad del enfermo, es el modelo que se ha mostrado más eficaz, de ahí la necesidad de su revisión y puesta al día para adaptarlo a los usos democráticos. Ello se Mito de la caverna1explica porque estas entidades disponen de un arma que es la estrella del tratamiento: la terapia, ese instrumento que facilita el imprescindible espejo que necesita el enfermo para mirarse y comprenderse. Retomando el Mito de la Caverna, el único que puede salvar al adicto de su ceguera y devolverlo a la realidad y a la vida, con su inconcusa ofrenda de comprensión y amor, es el compañero agradecido que ya ha cortado sus cadenas y se ha liberado de ese terrible mundo donde sólo habitan las sombras.
Esa es la rehabilitación. Respirar el oxígeno a manos llenas, sin complejos, la cara al viento; sentir la luz y los mil perfumes de la mañana sin cristales que los deformen; pasar y estar junto a los seres amados; abrir de par en par las puertas de la vida y apurar su copa con sus sinsabores, mas también con todas sus alegrías… Y si bien es cierto que la rehabilitación no hace de un zoquete un premio Nobel, ni al bajo lo torna alto, ni al feo lo hace guapo, no lo es menos que el liberado recupera el don más preciado del ser humano: la lucidez, esa llama que nos entregó Prometeo y que nos distingue tan claramente de las bestias.

Antonio Frías

EL EXTRANJERO

extranjero2Pero no hubo lluvia para él.
Él se quedó desnudo,
con las ramas secas:
huesos retorcidos,
jirones de piel.
 
Su esqueleto erguido
quedó en medio del verdor,
como un grito de ira,
un grito desgarrado.
 
Mientras los otros seres
rezumaban primavera,
en nuevas ramas,
en verdor de vida.
Él seguía seco,
                                                 desnudo,
mirando hacia el cielo inalcanzable,
en busca de la lluvia…
 
Pero no quiso caer.
Se quedó erguido,
ensimismado
                                               en sus ramas sin vida.
 
Hoy sus huesos calcinados,
su arquitectura patética,
son un mudo reproche
del agua
                                   que no quisieron darle;
de la primavera
que nunca llegó.
Un lamento lejano
de la vida
                                   que los demás tuvieron
y que a él
le fue negada.

 (Un extranjero)